Carta del Director

El pasado mes de septiembre, en Suiza, se aprobaba en referéndum la inclusión de un punto en su constitución para que la enseñanza musical quedara aún más presente en su sistema educativo. Y lo más sorprendente es que fue por iniciativa popular, aunque al final fuese asumido por el propio Parlamento. Todo un hecho.

Siempre hemos sentido una especial admiración por lo que tenían o eran capaces de conquistar nuestros vecinos del norte. No todos son ventajas ni como lo pintan, aunque sí un pensamiento y una actitud más estructurados han hecho que –en general- lo que aquí conseguimos a base de talento e ingenio, lo consigan ellos a base de buena planificación y medios.

En el momento de la toma de decisiones, sin duda drásticas, como de dónde hay que recortar para lograr salir de la situación tan compleja y desagradable en la que por desgracia estamos tan profundamente inmersos, lo más importante es que éstas sean correctas y eficaces. De lo contrario estaremos sufriendo en circunstancias que no auguran ninguna esperanza y eso sería lo realmente preocupante.

En nuestra pequeña parcela artística, la que en apariencia no aporta nada importante para nuestras cosas rutinarias, pero sí es un indicador muy significativo  de qué estado de salud goza una determinada sociedad, las novedades en este sentido se suceden también de forma imparable. Ahora, incluso en el apartado donde formamos parte del sistema educativo, la situación se vuelve compleja y llena de interrogantes de hacia dónde se desarrollarán los acontecimientos.

Importantes cuestiones que estaban aplicándose o al menos en fase de consolidación se ven afectadas una vez más por continuos proyectos de reformas y de cambios, que generan dudas en un sector ya de por si frágil.

En lo que respecta a la enseñanza superior, la incertidumbre lleva ya varios años dominando el panorama, sin que acabe de decidirse si lo mejor es tener un espacio propio o bien integrarse definitivamente en la Universidad. El debate está abierto y sus posibles soluciones parece que no acaban de satisfacer por completo ni a los defensores de una posición ni a los de la otra.

Esperemos que la decisión, sea en el sentido que sea, dé estabilidad y reconocimiento real a unos estudios que, sin ser todavía de carácter obligatorio, sí parece que sean, al menos, insustituibles.